CACHETADA DE COLORES – Parte 1

No soy un buen Soy un pésimo lector, pero últimamente me sorprendo a mí mismo leyendo autobiografías de músicos, como las de Bernard Sumner (fundador de Joy Division y New Order), Les Luthiers (en colaboración con Daniel Samper) y Johnny Ramone (cuya viuda publicó Commando siete años después de morir su marido).

Por lo general las autobiografías con las que me he cruzado comienzan con algún prólogo sentimentaloide y siguen con una buena cantidad de páginas destinadas a la infancia y familia del protagonista, para más adelante tratar con detalle la carrera musical del ahora artista. Pero en el medio suele haber un capítulo interesante en el que el autor explica por qué asistir a ciertos conciertos le cambió la vida.

El patrón que suele aparecer es el de gente aburrida o alieanada que de pronto se deslumbra con el derroche de energía, creatividad y sentido de pertenencia de algunos grupos en particular. Algo así le pasó Johnny Ramone y buena parte de Queens, New York con los New York Dolls en 1972, a Bernard Sumner y otros deprimidos cuando los Sex Pistols visitaron Manchester en 1976, a cualquiera que haya estado en Buenos Aires en 1984 en un concierto de Sumo o Soda Stereo, y últimamente a centenas de madrynenses (entre los que me incluyo) tras ver en el escenario a Barbie Factory – los responsables de genialidades como ésta:

Barbie Factory fue fundado en Puerto Madryn hace 5 años por Bárbara (que canta y toca un teclado), Emiliano (que canta y toca una guitarra) y Ezequiel (que toca el bajo, otro teclado y otra guitarra). Tras un tiempo en La Plata, el grupo regresó a su ciudad de origen y desde 2015 no ha parado de crecer – en varios sentidos: rápidamente se fueron sumando Zoe con su voz, Joaquín con su batería, Valentín con su percusión, Iñaki y Federico con sus saxos y Facundo con sus tentáculos varios instrumentos, completando la formación de noneto que gestó -y el mes que viene compartirá- Cuervo, anhelado hermanito de La Factoría (el disco #1 del grupo, y que en 2 semanas celebra su primer cumpleaños).

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El final llegó, parece. Barbie Factory fotografiada en Noviembre de 2017 por Federico Krowicki.

También en el último par de años se fue multiplicando la cantidad de asistentes a los espectáculos de Emiliano y compañía. Sea a la hora de la cena lejos del centro, a las 4 de la madrugada en un boliche, o al aire libre a plena luz del día, las presentaciones del grupo convocan a un público amplio y de diversas edades. Seguramente ayuda que los horarios y lugares sean variados, pero -en mi opinión- lo que causa que Barbie Factory sean tan atractivos para mucha gente es otro de los aspectos en los que el grupo ha crecido, y que los hace destacarse en el ambiente local: su original arte.

Aunque la música de Barbie Factory es sólo la mitad de la historia, lo que se fue enriqueciendo merece un párrafo aparte (que es éste mismo). Aun están disponibles algunos videos grabados durante ensayos de la época temprana del grupo -cuando era un cuarteto acústico- en los que se nota el gusto de sus integrantes por el folklore latinoamericano, el ska y el reggae. Los dos últimos son géneros que hoy se escuchan en buena parte de las canciones factorianas, pero con el tiempo a ellas se les inyectó algo de reggaeton (como en la actual versión de “Viaje”), punk (“De la galera”), cumbia (“Viejo”), jazz (“Babe bisquit”) y hip hop (“Baila baila”). Una canción típica recorre al menos tres de estos (u otros) géneros; buen ejemplo es “Olas”, que comienza sonando a los Metallica de “The call of Ktulu”. También “Helectrolux”, cuya letra es una carta de odio de Bárbara a su heladera (porque los textos de esta banda tan bonita son así – hay sapos, eskeletos, vinilos de Cristian Castro, etc.).

La otra mitad de la historia es lo teatral. El maquillaje, el vestuario, la escenografía y los boletines informativos redactados por Iñaki (que por alguna razón me recuerdan a ciertos pasajes de Laiseca) conspiran para generar la particular y tenebrosa estética del grupo. Mucho tiene que ver en esto Zoe, que además de cantar es una joven y talentosa actriz. Lo que hace Barbie Factory no son simplemente conciertos: casi siempre hay una voz que presenta y concluye el espectáculo, en el escenario se pueden ver todo tipo de objetos curiosos y -ocasionalmente- el grupo es acompañado por un silencioso casero que vive en la factoría donde tiene lugar la acción, y que se dedica principalmente a mirar películas de los ’90. Yo lo conocí hace un tiempo; da miedo (y más en persona).

Este año pasé varios meses escuchando la música de los Beatles, completando mi colección en CD de sus discos y devorando libros y documentales sobre ellos y su generación. Varios escritores y musicólogos sugieren que un tópico verdaderamente importante para músicos, poetas y hippies en general en 1967 era la inocencia de la infancia (o la añoranza de la misma), y creo que algo de eso hay en ciertas canciones de Barbie Factory – por algo gustan a niñas y niños. De este tema y algunos otros tuve el placer de conversar el Domingo pasado con siete novenos del grupo – la transcripción de la entrevista, en la que la muchachada cuenta cosas muy interesantes (como que Iñaki está inventando un idioma y que Valentín es un chamán), la podés encontrar la semana que viene acá.

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Foto de Federico Krowicki.

Mientras tanto, podés chusmear lo que ha hecho y anda haciendo el grupo en Facebook, y escuchar su música en Spotify, YouTube y Bandcamp.

Seba Pratesi

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