Capítulo 7 – CÓMO LA MÚSICA SE VOLVIÓ GRATUITA

[…] Y así, para finales de 1996, Fraunhofer se preparaba para retirar el mp3. Su desarrollo estaba completo, y ya no había nadie trabajando activamente en él. El plan era trasladar la limitada clientela de esa tecnología hacia el Advanced Audio Coding de segunda generación, que ahora se acercaba a compleción. AAC había cumplido su promesa. Era 30 por ciento más rápida que el mp3 y empleaba una variedad de nuevas técnicas que le permitían comprimir archivos con perfecta transparencia más allá del objetivo de 12-a-1. Después de 14 años, la visión de Seitzer era real, y cuando Fraunhofer envió la tecnología AAC para normalización a fines de 1996, el suceso marcó formalmente la obsolescencia del mp3. […]

La historia oficial de Fraunhofer no se reanudó hasta el 27 de Mayo de 1997, cuando Brandenburg, en Estados Unidos por una conferencia, recibió un ejemplar del USA Today. Allí, escondida en la página ocho de la sección “Vida” del periódico, en un artículo por el periodista musical Bruce Haring, figuraba la primera mención del mp3 en la prensa mainstream. “Avances del Sonido Abren Puertas a Bootleggers”, rezaba el titular. “Proliferan Álbumes en Sitios Web”. Incluida en el artículo había una breve entrevista con un ingresante de 18 años de la Universidad de Stanford llamado David Weekly.

A fines de Marzo de este año, Weekly puso 110 archivos de música –incluyendo cortes de los Beastie Boys, R.E.M., Cypress Hill y Natalie Merchant– en su servidor Web personal, corrido a través del sistema de la universidad. Pronto, más de 2000 personas por día estaban visitando, representando más del 80% del tráfico saliente de Stanford.

[…] Brandenburg no aprobaba la piratería. Ninguno en Fraunhofer lo hacía. Estos hombres eran inventores que se ganaban la vida vendiendo su propiedad intelectual, y creían profundamente tanto en la letra como en el espíritu de la legislación de copyright. No participaban en la subcultura de file-sharing, y nunca piratearon archivos de música. Tras el regreso de Brandenburg a Alemania, prepararon un plan de acciones correctivas. Reportaron a los hackers más descarados a las autoridades, y programaron una reunión con la Recording Industry Association of America, el grupo comercial y de lobbying de la industria musical, en sus cuarteles en Washington, D.C., para advertirlos sobre lo que estaba ocurriendo.

Brandenburg arribó a la reunión con la RIAA ese verano con una tecnología mejorada: el mp3 protegido contra copia. Aunque su experiencia reciente había mostrado cómo esta protección podía ser inhabilitada por expertos técnicos, Brandenburg creía que la mayoría de los downloaders casuales nunca pasarían este obstáculo. En la reunión, mostró el uso del archivo, luego instó a la RIAA a adoptar esta tecnología en seguida. La mejor manera de anticiparse a la piratería del mp3, según él, era ofrecer un sustituto legal.

Se le informó, diplomáticamente, que la industria musical no creía en la distribución electrónica de música. Para él esto era un argumento absurdo. La industria musical ya estaba metida en la distribución electrónica. Para los ejecutivos esas bateas de CDs en el centro comercial se verían como inventario, pero para un ingeniero eran simplemente un despliegue de datos almacenados ineficientemente. Brandenburg explicó su posición de nuevo, pero su estilo paciente y metódico de argumentación científica no logró llamar la atención de las personas apropiadas. Así que se subió a un avión y se fue a su casa. […]

Otras industrias fueron más inteligentes. Donde los sellos grandes veían degradación, los de electrónica de consumo veían signos de dólar. Más o menos por la misma época de la primera reunión con la RIAA, Diamond Multimedia y Saehan International, compañías coreanas ambas, se acercaron a Fraunhofer de manera independiente con la idea de fabricar el primer reproductor portátil de mp3 del mundo. (No estaban al tanto de que dos años antes Harold Popp había creado por comisión un prototipo que funcionaba.) Mientras que ninguna de las compañías presentó un concepto de diseño especialmente impresionante, Henri Linde negoció los acuerdos rápidamente, creyendo que las grandes japonesas de electrónica de consumo como Sony y Toshiba vendrían pronto.

No vinieron. En su momento primitivas advenedizas, las grandes japonesas ahora eran multinacionales que habían perdido su temprano apetito por el riesgo. Y el mp3 era peligroso: casi todos los archivos en la Web eran ilegales, y almacenarlos era una invitación a ser demandado. La industria de electrónica y los sellos grandes siempre habían tenido una relación complicada, y la aparición del grabador de cassettes en los 1980s había provocado un aluvión de demandas. Ahora más cautos, Sony, Toshiba y el resto de las líderes japonesas miraban cuidadosamente desde la orilla mientras las jugadoras coreanas de segunda línea nadaban en aguas infestadas de tiburones.

Pero una industria amaba la controversia: la prensa. Después del artículo del USA Today, el departamento de relaciones públicas Fraunhofer fue inundado con solicitudes de entrevistas, y el campus de Erlangen estuvo sobrepasado de equipos de cámaras. Naturalmente, los periodistas querían saber quién era responsable de esta tecnología, y enfocaron su atención en Brandenburg. Él la dirigió fuera cuidadosamente. Durante los siguientes años, aun cuando el mp3 era ampliamente promocionado como la tecnología de audio del futuro, su inventor preservó un sorprendente grado de anonimidad. […]

Su propia participación económica en el proyecto del mp3 era enorme. Esto era lo que estaba tratando de esconder. Era una persona modesta, incómoda con la atención, y esto estaba compuesto, quizás, por ciertos valores alemanes que desalentaban el alarde de riqueza. Quizás, también, estaba tratando de quitar la atención fuera de una exquisita ironía – que la fortuna de su propiedad intelectual estaba siendo ganada sobre una de las campañas de infracción de copyright más extendidas de la historia. […]

Ese Septiembre, la clase entrante de 1997 se matriculó, y una generación de adultos adolescentes ahora tenían la capacidad ilimitada de reproducir y compartir archivos de música, y ni el ingreso ni la inclinación para pagar. (Yo estaba entre ellos.) En sitios web y servidores underground de archivos alrededor del mundo, el número de archivos mp3 existentes crecía en varios ordenes de magnitud. En residencias en todas partes universitarios ingresantes encontraron sus discos duros llenos hasta el borde con mp3 pirateados. Las instituciones académicas mismas fueron cómplices involuntarias, y la piratería musical se convirtió para los tardíos ‘90s lo que la experimentación con drogas fue para los tardíos ‘60s: una burla generacional tanto de normas sociales como del cuerpo de la ley existente, con poca atención por las consecuencias.

Por seis años el mp3 había sido la tecnología líder de su clase a nivel mundial. Durante ese período había logrado captar una ínfima tajada del mercado total. Ahora, con la presentación de AAC, estaba oficialmente obsoleto, dado de alta por su propio inventor, y de repente era el formato del futuro. Brandenburg se benefició. También lo hicieron Grill, Popp, y el resto del equipo. También lo hizo cualquier investigador en Fraunhofer que se hubiera unido a ellos en el camino, pues la ley alemana garantizaba a los inventores un cierto porcentaje de regalías, y esto era un derecho inalienable, uno que no se podía negociar. Otros no fueron tan afortunados. La ley norteamericana, también, garantizaba protección de patentes y copyright –en la Constitución, ni más ni menos– pero, como todo en los Estados Unidos, los derechos a este ingreso futuro podían ser comprados y vendidos. James Johnston, la contraparte norteamericana de Brandenburg, había renunciado sus derechos por escrito a AT&T cuando se había ido a trabajar para Bell Labs, con lo cual, aun cuando el mp3 triunfaba más allá de su más ferviente imaginación, él no recibía nada. […]

Para 1998 el éxito de Brandenburg con ambos formatos era el brindis del mundo de la ingeniería de audio, y él era empezado a ser considerado un visionario. Ese año se le entregó una medalla por logros técnicos por parte de la Audio Engineering Society, el primero de varios premios que recibiría. El peso político dentro de MPEG estaba desplazándose, lejos de Philips y MUSICAM y hacia Fraunhofer y Brandenburg. Los mismos ingenieros que una vez habían ignorado sus peticiones de consideración ahora consideraban su autoridad como la última palabra. […]

En Mayo de 1998, apareció el MPMan de Saehan. El primer reproductor de mp3 para consumo personal era un aparato con forma de caja con una pequeña pantalla monocromática que costaba US$600 y contenía cinco canciones. Fue rotundamente criticada por revisores, y las ventas fueron limitadas a entusiastas. Brandenburg pensó que era wunderbar, y se pidió tres. Otras varias compañías comenzaron a acercarse a Fraunhofer. Popp y Grill cambiaron roles, alejándose de construir tecnología y metiéndose en gestión de personal y flujo de ingresos.

Sobre finales de 1998, Bernhard Grill viajó a Los Angeles para trabajar en los detalles de un acuerdo de licencia. Luego, se fue de compras a un centro comercial de un suburbio cercano. Parado en la escalera mecánica detrás de dos adolescentes, escuchó una conversación sobre la tecnología que él había ayudado a inventar. “Se llaman mp3s”, dijo uno de los adolescentes al otro. “Los podés usar para poner música en tu computadora. Después podés compartirlos en Internet. ¿No has oído sobre esto aún? Es como consigo toda mi música ahora.” ∴


 

Acá podés leer sobre el libro y los demás capítulos traducidos en este blog.

Gracias a Stephen Witt por su predisposición, por permitirnos traducir, por investigar durante años y por escribir How Music Got Free – sin dudas una lectura fascinante y recomendable para cualquiera que le guste la música, la tecnología o la economía. La edición española, publicada por Contra (y distribuida en Argentina por Waldhuter), se puede adquirir aquí.

Podés encontrar links a otros escritos de Stephen en Facebook, Twitter y su sitio web.

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Foto: © Chad Griffith

Seba Pratesi

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